Las
formas ancestrales
evocan la convivencia y la solidaridad. Las yurtas, iglús, wigwam
indios y las cabañas de los pastores mongoles nos hablan de
integración.
La
Tierra es mucho más amplia que uno podría pensar: tenemos una
superficie media de 1,8 hectáreas por habitante en nuestro planeta,
o más de 7 hectáreas para una pareja con 2 niños.
El
universo de concentración moderno de las grandes ciudades es cada
vez más rechazado por la sociedad. Las torres de hormigón se
consideran ahora como "ghettos" de exclusión social, y la
resurrección de los pueblos y ciudades con una dimensión humana,
vuelve a estar a la orden del día. La comunidad y las relaciones
humanas se convierten en obviedades del desarrollo sostenible.